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ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Tradición e innovación
02.07.09 - TERESA DEL VALLE, CATEDRÁTICA EMÉRITA DE ANTROPOLOGÍA SOCIAL DE LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO /EHU
A pesar que de que el segundo término se ha puesto de moda, sin embargo, ha sido parte de la dinámica social de todas las sociedades. Lo que acontece es que unas han puesto más el énfasis en la tradición y otras en la innovación. En la actualidad parece que el segundo sea el más importante. Sin embargo ambos forman parte de la dinámica social y las sociedades, los grupos, las personas que consiguen integrar los dos tienen un potencial más rico.
El cuestionamiento del peso con que se presentaba la tradición como un icono fijo se lo debemos a los historiadores británicos Eric Hobsbawm y Terence Ranger en su obra The Invention of Traditions que se ha erigido en las ciencias sociales y humanidades como referencia obligada acerca de la capacidad adaptativa de las tradiciones; pero también de cómo se pueden utilizar para sustentar el inmovilismo, detener el reconocimiento y las dinámicas que ofrece el cambio. Las sociedades a través de las personas, de los grupos, se erigen en agentes del cambio. Pero también en la medida en que existe una delegación en personas, entidades, instituciones, gobiernos, puede acontecer que las personas vayan por delante de sus gobernantes en cuanto a promover el cambio así como en aceptar su realidad.
La innovación siempre ha estado presente en el desarrollo de la humanidad. El fuego, la horticultura, las técnicas de caza, la elaboración de la comida, la recolección de frutos y semillas, la pesca, las prácticas curativas, la danza, los tejidos, son innovaciones que han formado parte de las tareas que desarrollaron tanto mujeres como hombres que fueron creando nuevas formas de aprovechar mejor los recursos en épocas de abundancia como en las de escasez. La innovación de que hablamos en la actualidad tiene bases comunes con épocas anteriores pero los medios de que disponemos así como las fuentes sobre las que basar la innovación son diferentes. La nanotecnología es un campo de innovación en el presente pero también hay una historia del concepto de lo pequeño, como se puede constatar en el texto Elogio de lo Diminuto de la filósofa Mary Sol de Mora. Las prácticas culinarias pertenecen al pasado, a los orígenes de la humanización. Internet es un lenguaje del presente pero la comunicación tiene una tradición que se pierde en el albur de los tiempos. Por ello me parece importante hablar de ambos en estos momentos en que la innovación está tan valorada de manera que hasta puede convertirse en una palabra sin contenido y al tiempo en un concepto capaz a su vez de incorporar los cambios sobre lo que se entienda por innovación. A mí me interesa resaltar la retroalimentación que existe entre ambos, en vez de verlos como binomios con contenidos contrapuestos. Este acercamiento articulador enriquece a las personas, los colectivos, la dinámica de una sociedad.
En antropología, en historia se ha hablado de las pequeñas y grandes tradiciones. Cuando llega el verano se intensifica la gran tradición de las festividades en torno, entre otras, a acontecimientos, al santoral cristiano, a los cambios estacionales. Hay una eclosión de pequeñas tradiciones que se llevan a cabo en el medio rural, en el costero y en las ciudades. Sus raíces en algunos casos se hunden en el pasado remoto como pueden ser los Sanjuanes. Otras han surgido en núcleos urbanos como son Los Sanfermines y otras más recientes que se configuran como Semana Grande. Las hay que se relacionan con el mar y con advocaciones como las de San Pedro, la Virgen del Carmen. Están los alardes con transfondo de celebraciones militares.
Cada una de estas pequeñas tradiciones recoge elaboraciones e interpretaciones de distinta densidad que mezclan interpretaciones del pasado pero vistas y vividas desde el presente. Hay tradiciones que se presentan como ancestrales aunque hayan surgido en tiempos recientes pero que por su peso se las ha dado esa característica de permanencia en el tiempo; algo que puede verse teniendo como base el análisis de Hobsbawn acerca de la impronta de interpretaciones ideológicas, políticas, sociales que se hacen de las tradiciones. La evidencia es que mientas que las tradiciones se presentan como protagonistas por encima de los tiempos, la experiencia y realidad social muestra que acontecen en lugares y tiempos concretos que proporcionan datos para verlos en interacción continua con sus tiempos cronológicos y sociopolíticos.
Es por ello que el ciclo estival es un momento de vivir precisamente la articulación de dos conceptos que encierran prácticas festivas, de representación repletas de símbolos y donde la sociedad a través de la participación de mujeres y de hombres, de personas de distintas edades, de distintos orígenes pueden mostrar precisamente su capacidad adaptativa, su capacidad creativa para hacer de sus tradiciones los momentos de poner en práctica su capacidad innovadora que es capacidad de progreso. Cuanto más articuladas estén las tradiciones con la innovación, más posibilidades tienen de permanencia porque serán más efectivas a la hora de responder a las demandas de los tiempos. La innovación articulada con la tradición es a mí entender más difícil pero más enriquecedora. Aquí situaría tradiciones como las de los alardes, las de las sociedades gastronómicas cuya riqueza de tradición será mucho más poderosa en la medida que sean capaces de integrar las innovaciones sociales provenientes de cambios que están hoy en las sociedades. Lo demás es hacer de la tradición un elemento inmovilista que es contrario a lo que el estudio de las tradiciones ha puesto de manifiesto.
Si una tradición concreta se interpreta como imposible de adaptarse a los cambios, lo innovador será cuestionar y estudiar las bases inmovilistas que la sustentan y hacer posible el cambio.
Etiquetas: opinión, Teresa del Valle
El Alarde en la memoria -Crítica desde la memoria de las víctimas del franquismo-.
En el artículo EL ALARDE EN LA MEMORIA, firmado por Rafa Glez. Merino, publicado en la edición Bidasoa de El Diario Vasco del miércoles 17 de junio de 2009, se dice literalmente:
En 1937, la Procesión de las antorchas figura en el programa de los actos organizados para conmemorar el primer aniversario de la liberación (sic.) de la ciudad, el 4 de septiembre. Fue una manifestación conmovedora.
No es la primera vez que en artículos referidos a la historia del Alarde se hace referencia a momentos terribles de represión y conculcación de los derechos humanos, de una manera absolutamente acrítica. En la serie de junio de 2008 dedicada tambien a EL ALARDE EN LA MEMORIA se hacia referencia a oficiales nazis "cuadrándose" ante Pedrós y a jerifaltes de la dictadura franquista como si fueran hermanitas de la caridad de visita en Irun.
Queremos recordar que en 1936 el franquismo tomó Irun por las armas, al asalto, y desató una represión cruel. Los familiares de los republicanos que fueron asesinados sufrieron un sin fin de penurias. Por eso es importante decirles a los olvidadizos que en Irun se tiroteó por pensar diferente en aquel 1936, y que les quitaron las casas, y les 'pasearon', y se les rieron.
En Irun, como en otros pueblos, la represión se cebó contra nacionalistas, socialistas, anarquistas, y republicanos en general. Desde la visión del Irun actual debemos tener respeto a la dignidad de esos familiares que han tenido que hablar a solas en las cocinas, porque la memoria de los suyos se convirtió en lo único que tenían, porque se llevaron hasta sus cuerpos, sus pertenencias, los dejaron solos.
Es por todo esto que resulta decepcionante e inadmisible que haya alguien en Irun que todavía absorba de manera acrítica no sólo ya la descripción franquista, sino incluso la propia terminología que hace apología de la tragedia, como si nada hubiera ocurrido, como si aquellos tristes acontecimientos fueran un motivo de celebración, con una falta total de sensibilidad hacia la memoria y el dolor de tantas víctimas.
La democracia vasca, sus instituciones y sus colectivos sociales pueden y deben deslegitimar ahora y para siempre el sistema represivo del franquismo.
Firmado
Josema Alberdi Sagardia.
Iñaki Altube Martinez.
Maribel Castelló Goyenetxea.
Miguel Angel Ceberio Galardi.
Xabier Kerexeta Erro.
Gorka Moreno Márquez.
Elena Ramirez de Arellano Villar.
Román Rico del Amo
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ARTICULO QUE SE CRITICA
DIARIO VASCO.COM
EDICION BIDASOA - IRUN
17 junio 2009
EL ALARDE EN LA MEMORIA. Rafa Glez. Merino
Las antorcheras, luz y silencio
Rafa Glez. Merino. Aquel año de 1522, Irun estaba bajo el mando de los Capitanes Juan Pérez de Azcue, natural de Fuenterrabía, y Miguel de Ambulodi, vecino de Irun y natural de Oyarzun, que estaban en Irun con 400 soldados, que, al ver el peligro que corría el castillo, se dirigen a San Sebastián para informar al Capitán General Don Beltrán de la Cueva. Este disponía de menos de 2.000 soldados y de 200 hombres de caballería para la defensa de San Sebastián, por lo que se resiste ante la dificultad de la empresa. Los capitanes le dicen que si él no puede, ellos atacarán a las tropas navarras en defensa de su hogar, ante lo que el Capitán General, accede a acompañarlos hacia Irun, con casi toda su tropa de infantería y 150 de caballería. Los capitanes Azcue y Ambulodi consiguen reunir a 1.500 hombres del lugar para vencer al enemigo.
Llegaron de noche y en silencio hasta el valle de Saroya de Aguinaga, el señor del caserío Burutaran les aconsejo que silenciaran los cascos y ataran las lenguas de sus caballos para que estos no pudiesen relinchar y no alarmasen del avance al ejército invasor. A su vez, Mosén Pedro de Hirizar clérigo y vecino de Rentería, era tenedor de bastimentos y tenía una partida de 400 teas, llamadas también hachas de palo. Reunió a 400 mujeres y niños, por la noche, con las 400 hachas de madera encendidas avanzaron por el Camino Real, desde el cruce de los caminos de Oyarzun y Rentería hacia Irun. Esto hizo pensar a los franco-navarros que el ataque vendría por ese lado de Irun. Pero mientras tanto, los Capitanes Azcue y Ambulodi, con las tropas locales atacan a los franceses por la otra cara del monte, encontrándoles desprevenidos. Con este plan el ejército invasor inició la huida sin esperar a ningún tipo de enfrentamiento.
En 1937, la Procesión de las antorchas figura en el programa de los actos organizados para conmemorar el primer aniversario de la liberación de la ciudad, el 4 de septiembre. Fue una manifestación de fe conmovedora. En la procesión que salió del templo parroquial a las 9 de la noche, figuró la imagen de la Virgen del Juncal, circunstancia que en contadas ocasiones se había dado. Miles de fieles con velas encendidas acompañaron a la imagen venerada por las calles en ruinas; Escuelas, Fermín Calbeton, Pº de Colón, Plaza de España, Plaza de San Juan y calle de la Iglesia. Se dice que fue un acto impresionante.
Desde 1998, la Asociación Juvenil Irundarra Pagoki recuperó este acto que viene rememorando este hecho histórico con todas aquellas mujeres, niños y niñas de la comarca que voluntariamente se prestan a participar en ello.
Cada año, en esa noche del 29 de junio, recorren las calles del Camino Real ataviadas con prendas que evocan aquella época y con la única luz de sus antorchas.
La salida tiene lugar a las 22.00 horas desde la calle de Artaleku, a la altura del ambulatorio de Hermanos Iturrino, bajando por la calle Mayor, Plaza de San Juan, siguiendo por las calles San Marcial, Sargia, Larretxipi, Plaza de Urdanibia, Santa Elena, calle de la Ermita y molino de Arbes para finalizar en el puente de Artiga. En algunos puntos de estas calles, hay preparados grupos que al paso de las Antorcheras invaden el silencio con el sonido de la Txalaparta.
Cada año son más las mujeres y niños que participan, sobrepasando con creces el histórico número de 400 antorchas encendidas de aquella treta histórica.
Etiquetas: opinión, terminología franquista
UN ALARDE NORMAL, COMO LA VIDA MISMA
Gorka Moreno Márquez*
La abuela de una amiga mía tras noventa años de vivencias a lo largo del siglo XX, repúblicas, guerras, dictaduras y democracias, siempre definía a las personas que eran buenas y le caían bien como personas normales, por eso cuando le preguntabas ¿Qué te parece fulanito o menganito? Ella contestaba, Bien, bien, bien… Es normal. Si a mi me pidiesen que describiera con un solo adjetivo el Alarde Mixto utilizaría este normal, que creo, lo describe perfectamente. Y lo defino como normal porque este Alarde y su filosofía se adecuan a la que considero debería de ser la manera de entender la vida, porque entronca de lleno con valores de modernidad, de igualdad, de libertad. Es un Alarde que cree en la igualdad, que ha avanzado en la democratización interna y que por lo tanto se adapta perfectamente a las características de la sociedad irunesa del siglo XXI.
Es un Alarde normal, porque dentro del mismo veo las cosas que veo en nuestro entorno. Veo hombres y mujeres, personas que llevan piercings, otras que no lo llevan; personas que llevan rastas, aunque yo no me vea con ellas, personas que piensan diferente a mí. Veo también a padres que desfilan junto a sus hijas, a madres con hijas, a madres con yernos e incluso en alguna emotiva ocasión he llegado a ver a una abuela desfilando con una nieta.
Me gusta el Alarde porque es diverso y porque puedo estar junto a mi pareja en uno de los días más significativos para mi ciudad. Pero también me gusta porque acoge los conflictos de nuestro día a día. Parejas que al no tener la socorrida ayuda familiar tienen que negociar o turnarse para desfilar en el alarde -¿Para cuándo guarderías en el Alarde?-. Estas cosas también me gustan y me recuerdan que este Alarde es actual y que se enfrenta al desafío de adaptarse a los retos que se nos presentan hoy en día, en temas como los de la conciliación, la gestión de la diversidad, la igualdad, los conflictos o la tolerancia, entre otros muchos.
Año tras año me encuentro con estas nuevas realidades, con estas nuevas imágenes y creo que este año no va a ser diferente. Por primera vez va a ser una mujer la que ostente el puesto de General, el puesto de mando más importante del Alarde, demostrando una vez más que lo importante es pasarlo bien y no quien represente uno u otro papel.
Creo que el Alarde Mixto es un Alarde del presente, pero también de futuro, Es, en definitiva, un Alarde como la vida misma, dinámico, moderno, vivo y que a su vez conmemora la tradición histórica y tradicional de nuestra ciudad, recordándonos el valor de lo que es ser irunesa o irunés. El Alarde mixto es mi Alarde, porque me define, porque me identifica como irunés, como persona contemporánea, como hombre, como joven, como moderno y como tradicional, y por qué no, porque me lo paso bien y en él estoy a gusto, qué más se puede decir…
Etiquetas: Gorka Moreno -sociólogo-, opinión
La prueba del algodón (de la igualdad)
Carmen Diez Mintegui
Antropóloga. UPV/EHU
En los últimos años la idea de igualdad ha pasado a formar parte de los discursos oficiales y de las expectativas sociales. Es más, incluso para una parte de la sociedad, incluidas muchas mujeres jóvenes, parece que ya se ha conseguido. Sin embargo, a pesar de los cambios positivos, tanto los datos en cuanto a situación profesional, como las imágenes que se proyectan en los medios de comunicación en relación al poder político, cultural, deportivo, militar, eclesiástico… muestran un mundo androcéntrico en el que la posición de las mujeres no es desde luego paritaria.
Conseguir la igualdad no es una tarea fácil ni simple. Muchas personas piensan que continuando por el camino iniciado llegará algún día; otras, por el contrario, no están de acuerdo con la idea igualitaria y defienden un modelo de sociedad en la que las relaciones de género sean de complementariedad o incluso de dominio masculino, con papeles y comportamientos diferenciados para hombres y mujeres.
En relación al primer grupo, los que creen que la igualdad llegará por si sola, conviene recordar que es una tarea que se inició hace ya mas de doscientos años, que muchas mujeres y algunos hombres han invertido mucha energía en su defensa y que será necesario seguir empleándose a fondo, porque no es algo que caerá como fruta madura.
De ese largo camino recorrido, como ejemplos, recordaremos al cartesiano Poulain de la Barre, que en 1673 y 1674 escribió De l'égalité des deux sexes y Traité de l'éducation des dames, obras en las que se aplicaban los criterios de racionalidad a las relaciones entre los sexos, extendiendo el buen sentido cartesiano, es decir, la capacidad de razonar y de juzgar bien, también a las mujeres. O a Mary Wollstonecraft, que en Vindicación de los derechos de la mujer, publicada en el año 1792, reivindicó el derecho de las mujeres a recibir la misma educación intelectual y física que los hombres, para que pudieran ser autónomas, tener una ocupación y participar de los derechos ciudadanos que un nuevo orden social concedía a los hombres y negaba a las mujeres. Esta autora respondía así de forma clara y contundente al filósofo Rousseau, quién proponía un programa educativo diferenciado para mujeres y hombres, basado en las diferentes expectativas que para uno y otro sexo se establecían en ese nuevo orden social y político emergente que, no olvidemos, estaba basado en la idea de emancipación, de progreso individual y de ciudadanía. Por último, está Olympe de Gouges que en su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), ampliaba a las mujeres los derechos políticos recogidos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.
Como vemos, las reclamaciones de igualdad han tenido que enfrentarse desde siempre a los argumentos de los defensores de las desigualdades entre los sexos. No es algo nuevo y las personas que hoy continúan en la línea de estos últimos tienen a su favor una larga tradición discursiva y una realidad basada en instituciones androcéntricas y en representaciones de esa realidad que invisibilizan a las mujeres, porque la sociedad en la que vivimos, fruto de lo que llamamos la Modernidad, excluyó al conjunto de las mujeres, junto con otros colectivos, de los derechos que otorgaba la ciudadanía. Así, si para el colectivo masculino la expectativa fue la vida pública y la autonomía moral, al femenino se le reservó la esfera privada, bajo la sujeción de los varones y con un fin exclusivo: hacer la vida más placentera a los que sí eran ciudadanos.
La consecuencia que la exclusión tiene para los colectivos afectados es su no presencia en los centros simbólicos y de poder sociales. La Modernidad, que planteó una ruptura con las ideas de tradición y superstición anteriores, y que hizo del individuo el centro en el que pivotaría el nuevo sistema social, mantuvo una continuidad al definir de forma genérica y subalterna al conjunto del colectivo femenino –no había individualidad ni derechos para cada mujer-, justificando y legitimando así la exclusión de todas ellas. Esta invisibilización y domesticación de las mujeres ha sido puesta en evidencia y denunciada por la teoría y la práctica feminista, que en las últimas décadas ha analizado y denunciado tanto la forma en la que se construyen las relaciones de género, como los mecanismos a través de los cuales se mantiene, reproduce y legitima el poder masculino.
Sabemos hoy que el género es una práctica muy activa que atraviesa el conjunto de la vida social, así como cada vida individual. Las construcciones genéricas no son algo fijo, sino que están en continua reelaboración; la práctica de género es necesaria para producir continuamente lo que es la masculinidad o la feminidad, algo que también está sujeto a continuos cambios. Sin esa práctica, sin la dictadura del género, las personas seríamos sólo eso, personas, porque la biología no determina ningún comportamiento. Desde esta perspectiva, se ha observado también cómo se construyen y reproducen las diferentes formas de vivir las masculinidades y las relaciones que se establecen entre ellas y, lo que un elemento central, que para que se reproduzca un modelo de masculinidad hegemónico es absolutamente necesario el soporte de distintas instituciones sociales.
El deporte es sin duda el espacio que hoy por hoy mejor reproduce ese modelo de masculinidad hegemónica, pero existen otros y en cada espacio y lugar podemos encontrar una “casa de los hombres”, no sólo metafórica sino real, en la que niños y jóvenes pueden aprender a hacerse “hombres” de verdad, lo que en esencia significa no ser como las “mujeres”. Un buen ejemplo de “casa de los hombres” es el Alarde de Irún (junto al de Hondarribia), al convertirse en un baluarte en defensa de un modelo de masculinidad hegemónica, en su enfrentamiento con partidarias y partidarios de un Alarde sin exclusiones.
Central en ese proceso está siendo el surgimiento de asociaciones como Pagoki o Gordezan, impulsadas principalmente por mujeres defensoras de los Alardes tradicionales, con el objetivo de guardar las tradiciones y también de impulsar otras nuevas, como el desfile de las Antorcheras, que otorgue nuevo protagonismo a las mujeres, pero desde la defensa de modelos y valores tradicionales. Por supuesto, ese protagonismo no ocupa el lugar central de la fiesta, tanto en el sentido espacial (el desfile de Antorcheras transcurre por la periferia de la ciudad) como temporal (se celebra el día anterior al día grande del Alarde), aunque sí reproduce un modelo de mujer vasca tradicional, buena madre, trabajadora y buena compañera, frente a modelos que se consideran importados, como el de las feministas, que no serían “verdaderas” mujeres.
En su momento, cuando se inició el enfrentamiento entre partidarias/os de uno y otro Alarde, dijimos que estábamos ante una “emergencia etnográfica” y que sería interesante observar la complejidad del fenómeno. Hoy, después de varios años, un análisis en profundidad del proceso permite ver cómo los mecanismos sociales e institucionales se han reactivado y actúan en la defensa y reproducción de un modelo de relaciones de género dicotómico, en el que el lugar y los papeles de hombres y mujeres estén perfectamente delimitados y definidos. Sirve también como un ejemplo y explicación –junto a otros muchos-, del por qué los datos y la realidad continúan poniendo en evidencia que la igualdad no resiste todavía la prueba del algodón.
Etiquetas: Carmen Diez -Antropóloga, opinión
El Alarde de Hondarribia, una vez más.
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16.09.08 -
TXARO ARTEAGA ANSA, EX DIRECTORA DE EMAKUNDE
El pasado lunes, 8 de septiembre, una vez más me acerqué a Hondarribia para apoyar a la compañía Jaizkibel en su reivindicación de un alarde mixto, no discriminatorio hacia las mujeres. A lo largo de los doce años que dura este conflicto, han sido innumerables los intentos para hacer valer los derechos de las mujeres en esta celebración por parte de personas e instituciones que creemos en la legitimidad de esta demanda. No es éste el momento de entrar en detalles, aunque llegará el día en que la historia pondrá a cada cual en su sitio.
La compañía Jaizkibel está satisfecha porque cada vez cuentan con mayor participación; este año pasaron de 250, medio centenar más que en la pasada edición y la resistencia es cada vez menor, a pesar de los paraguas negros, la indiferencia, el desprecio, y lo que es peor los insultos, amenazas, empujones etc., que también los hubo.
Pero han pasado doce largos años. Tenemos leyes para la Igualdad aprobadas por el Parlamento Vasco y por el Español y todavía hay quien alardea de la legalidad por haber conseguido, con trampas, privatizar el acto para poder discriminar. Pues miren Vds. Llegará el día en que no se pueda discriminar ni en público ni en privado, y vamos camino de ello, aunque desgraciadamente y este es un ejemplo, muy despacio, demasiado despacio. Hasta hace muy poco tiempo muchos hombres maltrataban a las mujeres en su casa y nadie intervenía porque se consideraba que ello ocurría en el ámbito de lo privado y allí todo era lícito. Afortunadamente, hoy día, hemos conseguido cambiar las leyes, que no las mentes, para que esto no ocurra y cualquiera pueda intervenir denunciando estas agresiones. Y el maltrato es el penúltimo eslabón de la discriminación contra las mujeres, el último es la muerte, y este año llevamos ya más de 40 según datos oficiales.
Y si no somos conscientes de que la ideología sexista, machista, contraría a la igualdad que sustenta la discriminación hacia las mujeres que se da en los alardes de Irun y Hondarribia es la misma, es el germen que genera esa violencia de género que provoca tantas muertes, no se resolverá ni el problema de los alardes ni el de la violencia contra las mujeres. Hay quien esgrime para justificar la situación la razón de las mayoría s frente a las minorías; habrá que recordar, una vez más, algo tan elemental como que esto es válido siempre que todas las opciones sean legítimas y en este caso no lo son. Porque una cosa es la legalidad, en esta caso sexista como la sociedad, y otra la legitimidad. Imagínense Vds. que la mayoría del pueblo de Hondarribia prohibiera salir en el alarde a un negro por el hecho de serlo, sería un acto de racismo, y se entendería. Sin embargo si se prohíbe salir a las mujeres, por el hecho de serlo esto no se identifica como sexismo, a pesar de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos especifica claramente que no se puede discriminar en función de raza, de religión ni de sexo.
Todavía no hemos avanzado lo suficiente en nuestras mentalidades. Pero como decía la capitana de Jaizkibel, «esto es imparable», aunque para ello hagan falta muchas compañías Jaizkibel y cada vez más gente comprometida. Por eso no puedo por menos de asistir año tras año perpleja a la indiferencia, cuando no a la beligerancia a favor de la discriminación, de gran parte de nuestra clase política ante este conflicto. Al alcalde de Hondarribia y a su corporación, primeros implicados y herederos de una gestión anterior nefasta, ya le marcó el camino la capitana de Jaizkibel, Garoa Lekuona, al pedirle que actuara con «valentía» para solucionar la situación.
Por otra parte la presencia institucional de apoyo viene siendo prácticamente la misma desde hace años, y no hay más que ver la lista de asistentes es más, este año ha sido de las más exiguas. ¿Qué pasa con nuestros políticos y nuestras políticas que tanta afición demuestran a manifestarse cuando se trata de otros conflictos? ¿Quizá tienen miedo a la factura, en votos, que creen puede pasarles un mayor compromiso con la igualdad? ¿Y los medios de comunicación? ¿No hay más que ver los titulares de la mayoría de ellos que, salvo honrosas excepciones, juegan en el mejor de los casos a una aparente neutralidad que difumina el hecho de la existencia de una flagrante discriminación y da apariencia de normalidad a una situación anormal e injusta, ayudando a que pueda perpetuarse en el tiempo.
Entiendo que no es ajena a todo ello la sistemática amenaza, que me consta, reciben por parte de quienes participan en el Alarde Tradicional. Todo ello muy comprensible en un mundo en el que los intereses se anteponen a los valores, los ideales, los derechos y la justicia con mayúsculas: pero, qué quieren que le diga, quienes mercadean con los derechos de las mujeres en vez de liderar los cambios hacia una sociedad más justa y se quedan en las mediocres ganancias a corto plazo, no se merecen nuestra confianza.
Constato que me estoy haciendo mayor porque mi natural optimismo se esta resquebrajando.
Negros paraguas de intolerancia.
ELPAIS.com > País Vasco
ANÁLISIS
EMILIO ALFARO 14/09/2008
Algunos vecinos de Hondarribia -la mayoría, se dicen- han añadido un nuevo uso a los muchos que ya tienen los paraguas: el de metáfora del desprecio y el ostracismo para otros de sus conciudadanos y conciudadanas -una minoría, dicen-. Su pecado, como en la vecina Irún, negarse a aceptar el papel que una tradición momificada ha asignado a la mujer en los alardes. No han querido ser sólo cantineras, han pretendido ser también tropa en el desfile, con escopeta y pífano, y su deseo se ha convertido desde hace tiempo en motivo de grave querella vecinal.
Han quedado atrás, por fortuna, los años de las agresiones e insultos a las sacrílegas y sus secuaces de las compañías mixtas. El reproche se ha sofisticado. A los zarandeos le ha sustituido en Hondarribia otras formas más modernas de desprecio. El I+D aplicado al escarnio: volver la cara a los herejes cuando desfilan, crear a su paso un muro de plástico negro que remarque su segregación del pueblo auténtico, colocarse caretas de personajes de Disney para no verles y, la última innovación, un desfiladero de paraguas de rechazo; negros, por supuesto.
Les recomiendo que vean las fotos publicadas esta semana y traten de imaginarse cómo son las personas que han desplegado a su espalda los paraguas como si quisieran poner un burka a quienes han osado salirse de las normas establecidas. La mayor parte son mujeres, seguramente buenas personas, amables y educadas el resto del año. Pero sus sentimientos se nublan el día del Alarde ante la visión de otros vecinos que se han salido del carril para ejercer su derecho a participar en la fiesta mayor del pueblo fuera del papel prefijado por la santa tradición.
La imagen de las mujeres y hombres de las compañías mixtas de Hondarribia e Irún desfilando precedidas por agentes antidisturbios de la Ertzaintza es más que una anécdota anual. Invita a preguntarse por las raíces intolerantes de unos comportamientos sociales que desbordan el marco de las celebraciones festivas en que se manifiestan; por esa dicotomía no superada de modernidad y atavismo que desazonaba a Julio Caro Baroja y que recorre tantos aspectos de la vida de nuestro país; por la naturalidad con que se asume, en nombre de costumbres más o menos ancestrales, comportamientos que repugnan a esas mismas personas cuando se sitúan en otro contexto diferente.
El virus de la tradición, de la consideración de lo conocido en la corta experiencia de una vida como herencia inviolable de los ancestros, no distingue ideológicos; afecta casi por igual a gente de derecha e izquierda, a constitucionalistas y abertzales en sus diferentes gradaciones, y a apóstoles de la libertad de decisión en otros ámbitos. Personas de indudable talante progresista de Irún y Hondarribia se han lamentado en público por la mala imagen que se habría proyectado de los alardes tradicionales, achacándola a que no se entiende desde fuera la esencia de la celebración, porque "hay que vivirla para entenderla". Sin embargo, se resisten a admitir que si cuesta tanto explicar una actitud, a lo mejor se debe a que es poco explicable.
Hay un aspecto del asunto que llama todavía más la atención: el ostentoso lavado de manos de las autoridades concernidas. Los dos ayuntamientos, uno gobernado por el PNV y otro por el PSE, se han sacudido el problema desvinculándose de la organización de los alardes y privatizando en la práctica la fiesta mayor de la localidad, pese a que discurra por los espacios públicos de ambas localidades e involucre a todos los servicios municipales. Así se evitan responsabilidades ante la justicia. Pero los alcaldes y los equipos de gobierno se cuidan mucho de que se vea que su predilección es por el Alarde tradicional, el que respalda la mayoría. Donde hay votos en juego, que se aparten los derechos.
Tampoco ha sido mucho más lucida la actuación en el debate de las otras instituciones y dirigentes del país, que deberían velar porque puedan ejercerse en todos los ámbitos derechos reconocidos por la Constitución y por leyes específicas del Parlamento vasco. ¿O no fuimos campeones de la igualdad aprobando una ley que sorprendió al mundo por su progresismo? Pero su inhibición desde que se planteó el problema en los noventa ha sido escandalosa. Que acudan el Ararteko y la directora de Emakunde en nombre de todos a respaldar testimonialmente a las díscolas y díscolos de Hondarribia e Irún y nos eviten comprometernos en un asunto en el que no hay nada que ganar.
A lo mejor los alardes son sólo un síntoma de que la Euskadi de los biogunes y los centros tecnológico no termina de ajustar cuentas con un pasado resistente a la modernidad y que se refugia en tradiciones más o menos populares. Tan populares como algunas sociedades gastronómicas y cofradías que siguen vetando a las mujeres, sin que los políticos de todos los colores que acuden a ellas se quieran dar por enterados de esa anti-igualitaria segregación.
Etiquetas: Emilio Alfaro, hondarribia, opinión, por la igualdad